La muerte volvió a ser el discurso nacional
Colombia vivió este 21 de agosto una jornada marcada por la tragedia. Nuevamente la violencia se impuso sobre la vida. Esta vez, drones explosivos cobraron la vida de policías, mientras un camión cargado de explosivos estalló cerca de una estación militar, dejando víctimas civiles.
La escena no es nueva, pero no por ello deja de ser desgarradora. Cuerpos en las calles, familias rotas, y un país que parece condenarse una y otra vez a su propio abismo.El daño es profundo, no solo por el número de muertos y heridos, sino por lo que revela nuestra respuesta colectiva, la muerte ya no indigna, se instrumentaliza. En lugar de unirnos para rechazar la barbarie, nos lanzamos piedras ideológicas. La violencia no convoca al duelo nacional, sino a la competencia política. Unos culpan al gobierno por su “blandura”, otros señalan a los opositores por su oportunismo, y todos aprovechan el momento para decir lo que les conviene electoralmente, no lo que necesita la nación. Hay algo profundamente esquizofrénico en este país que dice querer la paz, pero condena cada intento de construirla; que se dice harto de la guerra, pero se niega a entender sus causas; que exige justicia, pero teme a la verdad. En Colombia, cualquier decisión orientada a desmontar la violencia se convierte en blanco de ataques, no porque sea equivocada, sino porque amenaza intereses demasiado cómodos con el caos. Las muertes de este 21 de agosto son terribles. Pero más grave aún es la imposibilidad de construir una narrativa común. No sabemos quiénes matan, ni por qué. Las siglas se cruzan, los intereses se camuflan, y los actores armados se disputan territorios mientras la institucionalidad hace agua por todas partes. En medio de esa confusión, la sociedad apenas logra registrar los titulares, sin poder construir una comprensión clara ni una reacción ética colectiva. ¿Qué nos pasó como país que no podemos siquiera llorar juntos? ¿Por qué no somos capaces de trazar una línea moral que rechace, sin matices ni cálculos, la violencia venga de donde venga? La respuesta está en la política degradada, en el discurso vacío, en el oportunismo que se disfraza de indignación. La dirigencia nacional está atrapada en el ciclo de la conveniencia, usan la sangre para ganar aplausos, no para detener el derramamiento. No hay peor derrota que la de una sociedad que normaliza la muerte violenta. No hay peor traición que la de una dirigencia que explota el dolor para buscar votos. Colombia no solo necesita soluciones a su conflicto armado, necesita un nuevo pacto ético que le devuelva sentido a la vida humana. Un pacto que permita disentir sin matarse, debatir sin destruirse, gobernar sin mentir. Este 21 de agosto debería marcar un punto de quiebre. Si no podemos llorar juntos, al menos que aprendamos a callar con respeto. Si no sabemos cómo parar la guerra, que no la alimentemos. Y si verdaderamente queremos la paz, entonces dejemos de usar la palabra como un disfraz para la guerra.