Por: Carlos Sánchez

Doña Rosa, que vende tintos en una esquina del centro de Bogotá, no entiende de “macroeconomía” ni de “rupturas partidistas”. Ella entiende que el arriendo sube, que el sistema de salud le queda debiendo las citas y que, cuando escucha hablar de “mano dura”, lo primero que siente es el rigor de una policía que la persigue por ocupar el espacio público. Mientras tanto, en los atriles de la política de élite, figuras que jamás han caminado el barro de la periferia prometen “salvar la patria” a punta de exclusión y retórica incendiaria.

La candidatura de Abelardo de la Espriella no es un accidente; es el síntoma de un sistema que, al verse incapaz de sostener sus privilegios mediante la política tradicional, decide quitarse el maquillaje democrático. La tesis es clara: la ultraderecha no busca llenar el vacío de los partidos tradicionales para fortalecer la nación, sino para blindar un modelo de acumulación que teme a la redistribución de la riqueza y a la dignidad de los sectores populares.

El pacto de las élites contra el pueblo

La alianza entre De la Espriella y Federico Gutiérrez en Medellín es el retrato de una “reacción señorial”. No se trata de una convergencia de ideas para el desarrollo, sino de un muro de contención contra las reformas sociales. Cuando figuras que controlan capitales y medios de comunicación se alinean con discursos que proponen “destripar” la justicia social, están enviando un mensaje directo a los trabajadores y a las comunidades rurales: su bienestar es secundario frente a la seguridad de la gran propiedad privada.

El debilitamiento del uribismo ha dejado huérfanos a sectores que, acostumbrados al caudillismo, ahora buscan refugio en un radicalismo que no solo ignora la desigualdad, sino que la justifica. La crisis del Centro Democrático es, en realidad, el agotamiento de un modelo que ya no tiene respuestas para un país que exige tierra, techo y trabajo.

La apuesta por la vida

A pesar del ruido mediático y los titulares estridentes, el pueblo colombiano ha demostrado una resiliencia histórica. El 8 de marzo no solo se votarán curules; se votará el alma de la democracia. La pregunta que queda en el aire para ese 30% de indecisos no es quién grita más fuerte, sino quién garantiza que el hijo de la trabajadora informal tenga un futuro digno.

La verdadera libertad no es la que se grita desde un yate o un despacho lujoso; es la que se siente cuando el hambre deja de ser una preocupación diaria. El reto de los sectores progresistas es demostrar que la esperanza es un argumento más sólido que el miedo.

Redacción

Victoria Ricaurte