El fenómeno ‘therian’
La visibilidad de jóvenes que se identifican con animales en redes sociales abre un debate necesario sobre la libertad de expresión, el sentido de pertenencia y las nuevas formas de subjetividad en la juventud contemporánea.
En las últimas semanas, las pantallas de millones de personas se han llenado de imágenes de adolescentes que, con máscaras artesanales o movimientos ágiles, emulan el comportamiento de especies animales. El término therian ha saltado de los foros especializados de los años noventa a la primera línea de la cultura digital en TikTok e Instagram.
Sin embargo, detrás de la tendencia viral y la incomprensión de los adultos, se esconde una búsqueda de identidad que trasciende el simple juego y que exige una mirada empática y alejada de la estigmatización que suele rodear a las subculturas juveniles.
La identidad therian —del griego therion (animal) y anthropos (humano)— no es una patología ni una creencia en la transformación física. Se trata de una vivencia interna, psicológica o espiritual, donde la persona siente una conexión profunda o una afinidad esencial con una especie no humana. A diferencia del movimiento furry, que se centra en el despliegue artístico y el uso de disfraces antropomórficos, los therians describen una experiencia subjetiva de su ser.
Para muchos jóvenes, expresar esta identidad es una forma de tramitar su lugar en un mundo cada vez más desconectado de la naturaleza y saturado de presiones sociales rígidas.
Es fundamental que la sociedad y las familias eviten caer en la burla o el señalamiento. Históricamente, las subculturas han sido espacios de refugio para quienes no encuentran un lugar en los moldes tradicionales. En lugar de ver estas conductas como una ruptura con la “normalidad”, la psicología social invita a entenderlas como mecanismos de exploración en una etapa del desarrollo donde la construcción del “yo” es prioritaria. El hecho de que estas comunidades se organicen de forma horizontal en internet demuestra, además, una necesidad de colectividad y apoyo mutuo frente a la soledad que a veces impone el entorno urbano y escolar.
El debate actual no debería centrarse en la excentricidad de correr a cuatro patas o imitar un aullido, sino en cómo garantizamos espacios seguros para que las nuevas generaciones expresen su diversidad sin ser víctimas de acoso digital. La democracia también se construye respetando la autonomía de la identidad personal y protegiendo el derecho de los jóvenes a explorar quiénes son, incluso cuando sus lenguajes nos resulten ajenos. En un mundo en crisis, la empatía hacia lo que no comprendemos del todo sigue siendo la herramienta más humana de la que disponemos.