¿Hacia una Alianza por la Vida o un nuevo espejismo?
Durante meses, la relación entre Bogotá y Washington pareció estancada en los anaqueles más polvorientos de la Guerra Fría. El retiro de visas y la inclusión de funcionarios en listas de restricción financiera no fueron simples incidentes diplomáticos o ataques personales contra un mandatario, sino claros mensajes de disciplinamiento colonial enviados desde el corazón del imperio hacia una nación que, por primera vez en su historia reciente, se atrevió a proponer un camino de soberanía.
Sin embargo, la reciente llamada entre los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump marca un giro pragmático que nos obliga a preguntarnos si estamos ante una transición hacia el respeto mutuo o si se trata simplemente de una tregua estratégica dictada por las necesidades del Norte.
La diplomacia no debe ser el garrote de las élites para someter a los pueblos, sino el puente indispensable para garantizar la supervivencia colectiva en un planeta herido. En este sentido, el acercamiento propuesto por el Gobierno colombiano no debe leerse como una claudicación ante la retórica de la “mano dura” que suele emanar de Washington, sino como una ofensiva diplomática decolonial de alto nivel.
Petro ha logrado mover el tablero, desplazando la conversación desde la fallida y sangrienta “guerra contra las drogas” —esa política impuesta que solo ha puesto los muertos y los presos en nuestras periferias urbanas— hacia una ambiciosa Alianza Americana por la Vida basada en la transición energética y el intercambio tecnológico.
Proponer que Suramérica provea 1.400 gigavatios de energía limpia para descarbonizar la economía de los Estados Unidos significa invertir la lógica histórica de la dependencia. Durante más de un siglo, nuestra región fue condenada a ser la gasolinera barata de combustibles fósiles que financiaron guerras ajenas y aceleraron el colapso climático.
Hoy, la propuesta colombiana plantea una relación de interdependencia digna donde la soberanía energética nos permite dejar de ser el “patio trasero” para convertirnos en los motores de la vida planetaria.
El hecho de que Donald Trump se haya mostrado receptivo al diálogo sugiere que el argumento de la estabilidad hemisférica ha pesado más que los prejuicios ideológicos. La Casa Blanca parece entender, finalmente, que una Colombia próspera y líder en energías limpias es un socio mucho más valioso que una nación asfixiada por sanciones que solo profundizarían la crisis social y los flujos migratorios.
Pese a las señales positivas, no debemos caer en un optimismo ingenuo. El diálogo es apenas una herramienta y el poder en la mesa sigue siendo asimétrico. La historia nos ha enseñado con dolor que las alianzas con el Norte a menudo terminan en nuevas formas de extractivismo, esta vez disfrazado de “verde”. La verdadera transformación social solo ocurrirá si la ciudadanía organizada, desde los trabajadores hasta las guardias indígenas y los jóvenes de las barriadas, se apropia de esta agenda exigiendo que los beneficios lleguen a la base de la pirámide social. La transición energética debe ser popular y participativa, o no será más que un cambio de color en el logo de las mismas corporaciones de siempre.
El pueblo colombiano, y especialmente el nariñense que tanto ha sufrido los rigores de la confrontación, debe permanecer vigilante para asegurar que la potencia de esta propuesta por la vida no se diluya en la burocracia de los salones de Washington o en las promesas vacías de una nueva cumbre. La moneda está en el aire y la exigencia histórica es que, por una vez, caiga del lado de la dignidad y la soberanía de los pueblos.