La reciente visita del presidente Gustavo Petro a Pasto no fue simplemente una escala más en su agenda de gobierno; fue una declaración de principios, un llamado urgente al país desde el sur, para abrazar un cambio estructural que ya no admite demoras, la transición hacia las energías limpias.

“Nuestro propósito es claro: liderar una revolución energética”, dijo el mandatario, y lo hizo con la fuerza de quien no solo identifica un problema estructural —la dependencia del petróleo y del carbón—, sino que plantea una solución real y viable. Que este anuncio se haya hecho en Pasto no es anecdótico. Nariño, con su enorme potencial hidroeléctrico, geotérmico y solar, puede y debe convertirse en epicentro de ese cambio.

Reducir la factura de energía, desconcentrar la producción y combatir el cambio climático no es solo una consigna ambientalista, es una estrategia de soberanía, de justicia social y de dignificación de la vida. La apuesta del Gobierno Nacional es valiente y estratégica, y se articula con avances ya conseguidos: más turismo comunitario, un reverdecer agrícola y un compromiso serio con la educación pública.

La asistencia al evento, hay que decirlo, no estuvo a la altura de la importancia histórica del mensaje. Y esto debe ser leído con honestidad. El entusiasmo popular, ese que impulsó el cambio en las urnas, no se activa automáticamente con discursos, por más poderosos que sean. Se requiere más pedagogía, más organización territorial y menos intermediación política tradicional.

En ese sentido, preocupa que un sector político no haya convocado al conjunto de las fuerzas políticas y sociales de Nariño, en el intento de capitalizar la visita presidencial, convirtiendo un acto de Gobierno en una vitrina personal. Esta instrumentalización de la presencia del presidente, lejos de fortalecer el proyecto transformador, lo contamina con las viejas lógicas clientelares que tanto daño han hecho a Nariño.

La revolución energética que plantea el presidente Petro debe ser también una revolución política y cultural, con prácticas que fomenten la participación real de la comunidad en las decisiones del Estado.

Desde NARIÑO HOY insistimos, el sur tiene con qué liderar el cambio. Pero para que ese cambio sea auténtico, debe ser construido desde abajo, con las comunidades, con los saberes ancestrales, con las juventudes y los movimientos sociales.