El gesto es una muestra de diplomacia basada en la adulación y el cinismo. Quien comete genocidio en Gaza es quien propone a su aliado al Nobel de Paz. 

Durante una cena oficial en la Casa Blanca, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, entregó al presidente Donald Trump una carta en la que formaliza su nominación al Premio Nobel de la Paz, destacando su papel en “la promoción de la paz en varias regiones del mundo”. El momento, captado por cámaras y medios presentes, ha sido interpretado como una muestra clara de la estrategia de algunos gobiernos de apelar al ego del mandatario estadounidense para obtener respaldo político o diplomático.

“Lo nominé al Nobel porque lo merece”, dijo Netanyahu ante la prensa, mientras Trump agradecía el gesto, aunque reconoció que no espera recibir el premio debido a supuestos sesgos del comité.

Pese a estos gestos de cercanía, no todos los esfuerzos de adulación se traducen en beneficios reales. Las guerras en Gaza y Ucrania siguen activas, los aranceles comerciales sobre exportaciones europeas continúan vigentes y muchas promesas de paz y cooperación aún no se han concretado.

La obsesión por el Nobel

El nombre de Trump ha sido propuesto en más de una ocasión para el Premio Nobel de la Paz. En junio, fue el gobierno de Pakistán el que elevó una postulación, citando su papel en la desescalada de tensiones con India. Sin embargo, su insistencia en ser reconocido ha generado controversia, especialmente al recibir el apoyo de líderes como Netanyahu, quien enfrenta señalamientos por violaciones al derecho internacional en Gaza.

“El Premio Nobel de la Paz ha sido históricamente una herramienta de prestigio moral”, señaló la activista pacifista Medea Benjamin, fundadora del grupo Code Pink. “Que sea usado con fines políticos o de autopromoción es preocupante”.